Adieu! — Lámina
Un padre. Un hijo. Un mar que no espera.
Alfred Guillou pintó esta escena en 1892 en Concarneau, el pueblo de pescadores bretón donde nació. Un barco volcado por la tormenta. El padre se sostiene de los restos del naufragio con una mano. Con la otra, sujeta a su hijo contra el pecho. El cuerpo ya no responde. Lo que no se ve en la mayoría de cuadros de pérdida está aquí: la cara del padre no grita. Ya aceptó lo que va a pasar.
Los modelos eran vecinos reales del pueblo, no actores. Por eso no parece actuado.
El Estado francés compró la obra en 1892. Ganó una medalla en la Exposición Universal de 1900. El mar sigue llevándose hijos. Eso no cambió.
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