Ella te está mirando ahora mismo.
Gira la cabeza, como si acabaras de entrar en la habitación. Los labios entreabiertos, a punto de decir algo. Pero no hay nombre detrás de esa cara.
Vermeer no pintó a una persona. Pintó un tronie: un estudio de un rostro, no un retrato de alguien real. La perla que cuelga de su oreja es tan grande que, de ser auténtica, no tendría precio. Probablemente es solo un reflejo de luz sobre vidrio — una mentira hermosa.
Durante 350 años nadie ha sabido quién es. Y quizá por eso no puedes dejar de mirarla: porque ella tampoco sabe quién eres tú, y aun así, no aparta la vista.