Llega a la orilla de pie sobre una concha.
El viento la empuja, las flores caen a su alrededor, y alguien corre a cubrirla con un manto. Pero ella no se tapa. Está tranquila, desnuda, enorme.
En 1485, esto era casi imposible. Hacía mil años que nadie pintaba a una mujer desnuda a tamaño real — el cuerpo desnudo era pecado, no arte. Botticelli la pintó igual, y la hizo del tamaño de una diosa porque eso es exactamente lo que es: Venus, naciendo del mar.
La miró una Florencia que salía de mil años de oscuridad y empezaba a recordar que la belleza también podía ser sagrada.
500 años después, seguímos discutiendo qué cuerpos se pueden mostrar. Ella ya respondió, sin decir una palabra.